Michael kors w warszawie

abril 15, 2017

Si bien entre las bondades de la moda está el convertir en deseable aquello objetivamente ridículo, por feo, extremado, o excéntrico, todavía mayor es su poder para hacer de aquello ordinario algo inexplicablemente exquisito. Algo así es lo que está pasando en estas últimas temporadas con los llamados ugly shoes, ese tipo de calzado sport, técnico, o de uso hasta el momento exclusivamente doméstico; anodino y mayormente antiestético, poco atractivo, que no hemos parado de ver sobre las pasarelas. Se confirma así que las tendencias más estrambóticas y difíciles suelen ser pasajeras, puntuales, mientras las que llegan para quedarse tienen siempre un componente extra como es ,en este caso, y en el de la fiebre por la moda deportiva en general (y ahí está Karl Lagerfeld subiendo sus propias zapatillas de running a un desfile de Alta Costura): la comodidad.

Esta primavera los zapatos feos se juegan su suerte en las principales cadenas de ropa. Allí pasarán la prueba de fuego del gran público, quien decidirá si encaja y compra, como ya hizo anteriormente con las planaformas, las cangrejeras, slippers, alpargatas o albarcas, el nuevo concepto de pretty ugly.

Cuando empezamos a ver pantuflas, chancletas de piscina y sandalias ortopédicas en los desfiles, el verano pasado, nunca creímos que saldrían de allí. Pero empezaron a invadir las calles, aunque fuera momentáneamente y de la mano de modelos, estilistas y blogueras. Este invierno hemos llegado incluso a ver cómo el calzado feísta hacía su primera gran incursión sobre la alfombra roja de la mano de Tilda Swinton. Comentadísimas fueron las sandalias planas de plumas que se puso para el estreno de “El gran Hotel Budapest” durante el Festival de cine de Berlín. El calzado formaba parte de un estilismo firmado de pies a cabeza por Schiapparelli.

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