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agosto 31, 2017

No fue el primer diez. Ni siquiera fue su primer diez. Pero la imagen del solitario 1.00 en el Swiss Timming del Montreal Forum es tan poderosa que la realidad no se molesta en arruinar una bonita historia. El primer diez lo había recibido meses atrás en la American Cup, una competición intrascendente que no parecía digna de pasar a la historia del deporte, aunque sí pasó a la historia personal de Nadia. En ese campeonato conoció al hombre con el que se casaría 20 años después, el también gimnasta Bart Conner.Pero el 18 de julio de 1976 no hay matrimonio en el horizonte de Nadia. Sólo tiene catorce años y ha llegado a los juegos con la vitola de campeona de Europa y un runrún en el ambiente que habla de un potencial desmesurado. Nadia llegaba a Montreal como una promesa y se despediría como un icono gracias a una rutina de asimétricas en la que su cuerpo formó ángulos de cartabón que colocaron la puntuación perfecta en un reloj que sólo había sido programado para juzgar a los humanos y que desconcertó a un público que pasmado tardó varios segundos en interpretar aquel dígito inesperado.

Y no lo hizo una vez, lo hizo siete. Y trasformó los juegos de Montreal en los de Comaneci. “She’s perfect” proclamaba Newsweek. Y el mundo asentía.El impacto de la proeza tuvo efectos inmediatos. La niña de catorce años con coletas adornadas por lazos rojos había destronado a veinteañeras a las que había transformado instantáneamente en jubiladas. Olga Korbut casi tenía que pedir perdón por seguir compitiendo en un deporte que parecía diseñado para cuerpos ingrávidos como el de Nadia.El mundo enloqueció. Nadia era el nombre de moda, las madres peinaban a sus hijas con las icónicas coletas de Comaneci y las matriculaban en los gimnasios del barrio. Los lazos rojos y los maillots blancos se convertían en el fetiche más deseado. Y a un humilde gimnasio rumano llegaban miles de cartas desde todo los lugares del con una sencilla indicación en el sobre: Señorita Nadia Comaneci, gimasta. Rumanía.

Era imposible no sentir predilección instantánea por las atletas del este. Imaginar interminables de horas de entrenamientos en gimnasios inmensos y desangelados como los teatros de Detroit. Potros deshilachados, tapices comidos por la humedad, paralelas forradas de sangre y magnesio y ventanas desconchadas por las que nunca entra el frío sol del invierno. Y en medio de ese ambiente desolado un ejercito de niñas de 30 kilos que buscan un pasaporte a la fama rubricado a golpe de mortales carpados.Tras las olimpiadas, Rumanía, con los Ceaucescu a la cabeza, la recibió como a una heroína, se diseñaron tarjetas postales con su rostro, fue proclamada “héroe del trabajo socialista” y agasajada con un coche, una casa y una asignación mensual de 500 dólares.Pero el tiempo es un enemigo más indomable que las asimétricas y el cuerpo de Nadia empezaba a sufrir trasformaciones obvias. Gana peso, crece, su cara pierde la candidez de la infancia y sus rasgos se endurecen. La historia de amor se termina. Los periódicos titulan “Adiós a la magia”. En Moscú 80 gana un oro y una plata y sufre el despreció de las juezas soviéticas que no perdonan su victoria en Montreal. En 1981 la leyenda se retira.

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