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abril 8, 2017

Un corto paseo por La Rochelle es suficiente para entender que se trata de disfrutar del sur en el oeste de Francia. Aquí caben la luminosidad de algunas ciudades provenzales y una desgastada belleza a la siciliana. Difícilmente se encuentra una ubicación tan protegida y una ciudad tan manejable con cuatro puertos y otras tantas torres medievales. El agua es muy protagonista, da mucho de sí, revela color, espacio y panorámicas que almacenará la memoria como insignias de la buena vida.

Tomando como centro el Vieux Port (puerto viejo) y teniendo en cuenta el ADN comerciante de una sociedad que se dedicó durante siglos a la construcción de barcos (y que fue hasta finales del XVIII la puerta de salida de Francia hacia ultramar), resulta evidente el punto cosmopolita que irradian las terrazas. La Rochelle es una ciudad vibrante, de espíritu humanista y sostenible. Desde 1971 idolatra a Michel Crépeau, alcalde que hasta 1999, transformó su ritmo de vida impulsando el uso de la bicicleta y festivales musicales como el Francofolies, que cada julio llena de música los muelles del puerto.

El barrio de Saint Nicolas conserva la esencia de su pasado pesquero en determinadas fachadas, unas de madera, otras de piedra caliza. Hoy son los estudiantes quienes mantienen intacta la joie de vivre. En el 8 de la Rue de Saint Nicolas, se halla el bar La Guignette, de los más antiguos y bellos, rústico y desaliñado como ninguno. Aquí, desde que el mundo es mundo, los estudiantes abusan de guignette (mezcla de vino y zumo) y de pineau des Charentes (una especie de mistela). Lo inauguró un español, Emiliano García. Era una bodega para marineros que evolucionó a taberna y, por suerte, a nada más.

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